Don Cecilio
Tomada de:
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PARTE UNO
La ciudad estaba desierta, vacía, tan desolada que asustaba, don Cecilio, caminaba aún sin rumbo, no sabia si era norte o sur, si iba o venia, si era pasado o presente.
Miraba las sombras y las claridades que le regalaban los postes esparcidos como vigilantes en medio de las calles con su rango de alcance pequeño y amarillo.
Miraba las sombras y las claridades que le regalaban los postes esparcidos como vigilantes en medio de las calles con su rango de alcance pequeño y amarillo.
Titiritaba del frioniebla, no hubo nada que le calentara, ni el agua ardiente que fervientemente depositaba en su boca a intervalos cada vez más cortos.
¡Hijueputas, el mundo y yo. Yo y el resto!
¡Hijueputas todos! gritaba.
Estuvo así por varios minutos, se arrimó a una pared, se dejó caer, un sonido seco resonó al romperse la botella de agua ardiente. -¡Hijo de puta!
¡Hijueputas, el mundo y yo. Yo y el resto!
¡Hijueputas todos! gritaba.
Estuvo así por varios minutos, se arrimó a una pared, se dejó caer, un sonido seco resonó al romperse la botella de agua ardiente. -¡Hijo de puta!
Es mejor morir a vivir así -pensó-, rápidamente ese pensamiento se esfumó.
¿Y si voy por más trago?
dejó que la noche lo decidiera, sintió el frío, la noche genera duda, la oscuridad siembra temores, la neblina hace que el frío parezca hielo.
Se negó,se acurruco y continuó pensando.
La muerte se canso de esperarme, se resignó de tantos fallidos intentos, ¡se alejó!
Se quedó sentado, una pregunta se le cruzó por la mente ese instante, ¿para qué demonios nací?
solo soy uno más entre tantos, se le acabaron los argumentos.
quiso levantarse, no pudo, se quedó dormido.
Miradas fugaces hicieron que se despertara, se restregó los ojos.
Con el estomago reclamandole con retortijones algo de comida, no recordaba cuando fue la última vez que paso bocado, de comida al menos no.
Cuico, uno de sus trago-amigos le saludó como de costumbre, con botella en mano
repasaron momentos, eran amigos unidos por el alcohol.
Varias ocasiones lo mismo que los unió los hizo mantener disputas, en algunas de ellas con golpes y sangre de por medio.
¡que se riegue sangre pero no alcohol!
Cecilio siempre se pregunto por que le decían "Cuico" al Cuico, decidió no preguntarle y mantenerse callado.
Se acabó el trago, borrachos y caminando sin dirección se alejaron el uno del otro.
Cecilio caminó por horas, no sentía cansancio, ni dolor, sólo caminaba.
Decía frases inentendibles a ratos balbuceaba:
¡ciudad de locos!
¡locos desquiciados!
¡locos desatados!
¡¡puta ciudad!!
Todo lo que decía lo acompañaba de gestos exagerados, daba discursos al aire, a oídos pasajeros. Movía sus brazos y manos intentando aclarar aún más sus ideas a su nula audiencia.
¡Que mierda hago aquí!
parpadeo cientos de veces, miro alrededor.
rápidamente se vio en el mercado de la Magdalena.
¡Yasta!
Se levantó de la esquina donde se había dormido. Se desesperezo, se tomó su tiempo, no tenía planes próximos, tenía tiempo de sobra.
El cielo le anunció que pronto llovería, a paso presuroso, ya casi corriendo, llegó a las 5 esquinas, a una de sus cantinas favoritas, a pesar de visitarla pocas veces. Le gustaba, no sabía bien por que, quizás las mezclas de licores, los olores que le traían recuerdos de tiempos mejores, o quizás por que nadie lo conocía, pasaba inadvertido.
Quizás le gustaba estar ahí en ese lugar donde el tiempo no pasa, se eclipsa, se detiene.
Le gustaba escuchar problemas ajenos, lloriqueos amorosos, maricadas, separaciones, infidelidades orgullosas.
Una larga lista de tópicos, no se cansaba.
Veía a cada persona con mucha atención, lo repasaba de pies a cabeza, esperaba recordarlos por que -y se reía al pensarlo- serían sus compañeros de juerga en la otra vida.
Doña Carlota sentada detrás de la barra,
Lo miraba de vez en cuando, algo le intrigaba de Cecilio, ¡bah! Es solo un borracho más -pensó- y continuó en su tarea de estar sentada sin hacer nada.
Cecilio se acomodo en su silla, se cruzo de brazos como intentando abrazar recuerdos que le brindaran algo de calor.
Su fiel amigo -Orejas- fue el recuerdo que le pasó por su mente.
Un perro negro y flaco, perrorruna, que lo acompañaba en sus periplos.
Orejas movía su cola extrañamente, un accidente cuando cachorro, por las calles, una persona distraída lo pisó. Una "L" moviendose de izquierda a derecha como plumas de automovil, era su forma de saludar.
Graciosamente no tenia "orejas" grandes, cualidad por la que se pensaría, se lo nombró así.
Cecilio lo bautizo como "Orejas" por la expresión en la cara que acompañada con las orejas hacían mas dramática la expresión y mayor la compasión que se sentía al verlo.
A pesar de ser un perro flaco y lastimero -igual que su dueño- era feliz acompañando a Cecilio para arriba y para abajo, norte y sur, frío, lluvia, sol, ¡hambre!
